lunes, 26 de julio de 2010

Noticia: Hombre no se cae del balcón Salamantino

Me encanta estar vivo. Cada momento que tenemos es precioso: este momento** este momento** este momento**. Cada momento es el material que compone nuestras vidas. De vez en cuando, la importancia y el valor de mi vida me da un golpe inesperado.

El otro día estaba en un balcón del piso octavo mirando a la cúpula iluminada de la Catedral de Salamanca y la Universidad Pontificia. Brillaban como islas sobre un mar de arcilla roja. Mirando hacia abajo, podia ver la calle Canalejas, una avenida ancha que rodea el casco antiguo de la ciudad, donde las murallas que protegían la ciudad se ubicaban en el pasado, mirando a la gente de paseo por las aceras crepusculares en parejas y grupos.

Cuando me incline sobre la baranda, me sentí una sensación que tengo a veces tengo cuando cruzo puentes y me paro en terrazas altas: una gravedad inmensa del deseo y miedo que me enhiela el cuerpo.
Obiamente, no quiero caerme, pero sin embargo mantengo una curiosidad morbosa acerca de cómo sería la experiencia. Experimentar un evento tan inevitable y catastrófico, tal vez podría hacerme sentir-irónicamente-vivo.
Ahora, sentado frente a la computadora lejos del balcón en espacio y tiempo, me siento hondamente la importancia y el valor de cada una de mis elecciones. La diferencia entre estar de pie en el balcón y caer a la muerte es una cuestión de segundos y centímetros. El efecto de la elección, sin embargo, es increíblemente revelador.

Elijo vivir y seguir siendo esposo, padre, hijo, profesor, estudiante, amigo, compañero, y colega a gente a la que estoy atado con cien mil hilos individuales.

Así que me pase, como todos lo hacemos en cada momento de nuestras vidas, por el balcón y de regreso al mundo.



I love to be alive. Each moment that we have is precious—this moment—this moment---this moment. It is the material that makes up our lives: moments. Every once in a while, the importance and value of my life hits me with an unexpected punch in the gut.

The other day I was standing on an 8th floor balcony looking across at the illuminated dome of the Cathedral of Salamanca and the Universidad Pontificia. They shone brightly like an island rising out of a sea of red clay roves. Looking down, I could see the busy Boulevard Canalejas, a wide avenue that rings the ancient heart of the city where the walls and ramparts that once protected the city stood in the past, and looked down at the pedestrians walking along the twilit sidewalks in pairs and groups.

When I leaned over the rail, I felt, as I often have in moments like these—crossing bridges and standing on high terraces, the overwhelming gravity and inclination to jump that sends icy tingles through my entire body.

Certainly I don’t want to fall, but I nevertheless have the feeling of vertigo that I might, and have a morbid curiosity about what that would be like. Somehow to experience an event as ineluctable and catastrophic as this might make me feel—ironically—alive.

Even now, safely seated in front of my computer, far from the balcony in both space and time, I feel acutely the importance and value of each of my choices. The difference between standing on the balcony and falling to one’s death is a matter of seconds and centimeters. The effect of the choice, however, is incredibly meaningful. I choose to live—to continue to be a husband, a father, a son, a teacher, a student, a friend, a teammate, a colleague to the people to whom I am tied with a hundred thousand individual threads.

So I step, as we all do in each moment of our lives, off the balcony and back into the world.

1 comentario:

  1. Sin lugar a dudas, lo que nos divide de un plano existencial a otro, no es mucho. Como bien has dicho, en meros segundos se encuentran consecuencias eternas. El salto hacia la vida, a veces es el mas dificil, pero por lo tanto, el mas enriquecedor. El ser humano constituye el ser en su totalidad, aun en el dolor y la angustia se siente la grandeza del sentirse humano.

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